Cómo sobrevivir a una tormenta de nieve

Por Pablo Black

Lo más recomendable, desde luego, es matar un oso polar o un oso grizzli, abrir su vientre, quitarle las tripas (sin perder oportunidad de frotarse con ellas para recibir su reconfortante calor), romper un par de costillas cosa de hacer accesible la cavidad y, finalmente, meterse en su interior a esperar que la tormenta amaine. Sin duda, es lo mejor que podemos hacer. Aunque no siempre se puede. Los osos no abundan, y a menudo hay que ingeniárselas con lo poco o nada que tenemos a mano.

Volví a Tierra del Fuego en invierno. Años atrás había encontrado en un cuento de Juan Villoro una suerte de axioma que decía que conocemos un lugar, que recién podemos jactarnos de ello, si experimentamos su clima más extremo. Por alguna razón, aquel axioma de Villoro, mejor dicho, del narrador del cuento de Villoro, quedó fijo en mi cabeza, hasta que el último mes julio, gracias a una conmovedora oferta de aerolíneas argentinas, tuve la oportunidad de ponerlo a prueba, nada más y nada menos que en el llamado fin del mundo.

Para ser honesto, ya ni siquiera me parece tan bueno el axioma. Suena medio rencoroso, como recio al pedo. Pero también, en algún punto, no deja de rozar algo que prende. Arriesguemos de qué puede tratarse: digamos que porta, o transmite, cierta convicción —bien aquerenciada en nosotres— según la cual la verdad requiere de esfuerzo, lo verdadero es aquello que se resiste.

Volví a Tierra del Fuego para conocer la verdad, su peor frío. Había estado una vez en verano, y lo que supe vivir entonces —me decía influenciado por el axioma de Villoro— no podía ser la posta, lo mero mero. En cosa de cuatro horas de vuelo había saltado del infernal verano chaqueño (verdadero) al lugar más agradable del planeta (falso). Tierra del Fuego, por si no lo saben, es mágico en verano. Plantarse frente al Beagle, hacer una fogata, beber un whisky, leer un librito, asistir a un cielo resplandeciente pese a ser las once de la noche… son experiencias que se acercan a lo sublime. Cuando es verano, nada nos detiene en Tierra del Fuego. Atravesamos los confines, vencemos la oscuridad.

Volví con las mismas personas con las que había ido la primera vez, mis amigos Arturo y Pele. Del avión pasamos a la manga, de la manga al interior del aeropuerto, y de ahí, ansiosos, a la puerta de salida. Queríamos saber cómo se sienten quince grados bajo cero.

El frío pega, pero si se cuenta con el resguardo necesario, quince bajo cero, en definitiva, es lo mismo que más quince. No pasa nada. Así transcurrieron los primeros días, sin mayor riesgo que darse un porrazo al patinar en el suelo congelado, hasta que un tipo quedó sepultado por una avalancha en el glaciar Martial. Tango, un perro rescatista, lo encontró horas después, y milagrosamente el hombre salvó su vida.

Sin dudas, el glaciar Martial era una oportunidad para conocer la verdad de Tierra del Fuego. Una oportunidad que, para más, nos quedaba a mano, ya que uno de los ascensos al glaciar comienza en la mismísima Ushuaia. Al día siguiente estuvimos ahí, listos para iniciar el ascenso. Pero solo fuimos Arturo y yo; Pele adujo razones que no cuestionamos, pero que tampoco encontramos convincentes (se encontraba con una amiga del Chaco que vive en Ushuaia hace años), y decidió quedarse. Iniciamos el ascenso. Al principio todo bien, la altura no era tanta y el sendero, además de agradable, estaba en buen estado. Pero a medida que las arboledas quedan atrás, y las extensiones blancas, escarpadas, y rocosas se despliegan a sus anchas, y el sendero se desdibuja, y uno pisa arroyos engañosamente congelados, y el viento sopla desencadenado, y veinte, veinticinco grados bajo cero dejan de ser una abstracción. En algún momento llegamos a una parte en la que por el frente y por los lados estábamos cercados por montañas, y a nuestras espaldas, a lo lejos y abajo, como un hilo azul, el canal del Beagle. Fue el momento más dramático. Podíamos ver cómo el viento traía hacia nosotros las formaciones de polvo de hielo. Se aproximaban como un enjambre de langostas y, cuando nos alcanzaban, nos zarandeaban al punto de tener que aferrarnos a algo para no ser arrastrados. Hay un video de ese momento. Arturo filmó con su celular por cosa de veinte segundos y por culpa de eso estuvo dos días sin sentir la mano. Lo más sensato era regresar. Dejar atrás la tormenta de nieve.

Tierra del fuego es el país del viento, así lo llama Silvia Iparraguirre en un precioso volumen de cuentos. Un país hecho de lo que el viento trae. La mayoría de sus habitantes vienen de lejos, de lugares de los que, por alguna razón, era mejor desparecer. Gente que busca reinventarse, que, de algún modo, apuesta a escapar de una tormenta de nieve aún a riesgo de meterse en otra.

En el camino de regreso del Martial, luego de sobrevivir a la tormenta, Arturo me fue contando una miniserie que había visto recientemente, The North Water. Supongo, pienso ahora, que en realidad se contaba la historia a sí mismo, como una suerte de nana, como una forma de olvidar el miedo a perder la sensibilidad de su mano. Aunque no parecía sentir miedo, ni estar demasiado preocupado. Solo un poco, pero no tanto. Y su relato de The North Water fue cautivador. Esa misma noche, pese a conocer la trama de pe a pá, comencé a ver la miniserie. Es tan buena como el relato de Arturo.

Hay una escena cerca del final en la que el protagonista, último sobreviviente de un naufragio en los hielos árticos, va tras un oso polar. Persiguiendo al oso, cada vez se aleja más del precario refugio donde sobrevivía. Uno nota, el tipo nota, que no va a saber volver, porque el viento, como hacen los pájaros con las migas que deja Pulgarcito, borra las huellas que nos indican el camino de regreso. Perseguir al oso lo pierde, más aún de lo que estaba; lo aleja de su último refugio posible.

El oso y el hombre que lo persigue llegan a un espacio tan blanco, tan vasto, tan ventoso, que ya no hay referencia que valga. No hay dirección, ni complementarios. No hay perseguidor ni perseguido. Entonces sucede que el oso, que parecía seguir la fuga hasta el fin de los tiempos, se vuelve al hombre. O quizás, como hemos perdido las referencias, es el hombre quien se volvió al oso. Lo más probable sea que se volvieran los dos para, por fin, encontrarse. Se encuentran y es conmovedor, porque en algún punto intuimos que, como el hombre, el oso también había estado yendo tras un oso. Él también buscaba, como dice el poema de Claudia Masin, el calor del mundo. Se trata de la escena más salvaje y menos cruel que podamos imaginar. La maravilla de ser el oso del otro, el oso del oso.

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